No importa lo que digas, si tus acciones no son coherentes con tus palabras

No importa lo que digas, si tus acciones no son coherentes con tus palabras

Pocas cosas resultan más frustrantes que estar frente a personas que no presentan coherencia alguna entre lo que dicen y lo que hacen. La palabra tiene un gran valor en muchísimos sentidos, pero estaremos de acuerdo en que las palabras sin hechos que las respalden, solo derivan en decepción.

Nuestras acciones hablan por sí solas, ellas pueden o no estar acompañadas de palabras, pero ellas tienen voz y presencia propia.

Pérdida de credibilidad

Cuando pronunciamos palabras que se nos hace imposible traducir en acciones, todo aquello que decimos poco a poco ve perdiendo credibilidad y nuestra imagen y confianza se van debilitando en el camino.

Ciertamente escuchar palabras agradables, que contienen promesas, planes, direcciones, intenciones, resulta satisfactorio al oído, además de ayudarnos a organizarnos, a definir rumbos, a plantear diversos escenarios… Pero todo ello debe corresponder a un preámbulo en donde se vayan ejecutando acciones coherentes a lo verbalmente planteado.

Es cierto que el tema de las promesas es un tanto complejo. Todos somos seres cambiantes y dentro de esos cambios, las intenciones también pueden hacerlo. Las promesas determinan la intención que tenemos en el momento presente de hacer algo a futuro, bien sea porque estamos convencido de ello, porque es el mejor mecanismo que vemos para afrontar determinada situación o simplemente porque pensamos que podría dar la satisfacción que se espera en un momento dado.

Sin embargo, cuando llega el momento de ejecutar esa promesa, corremos el riesgo de que no podamos hacerlo, por diversos motivos:

  • Ya no nos sentimos a gusto con lo que planteamos.
  • No queremos hacerlo.
  • Nuestros intereses son distintos ahora.
  • Se nos presentó una oportunidad diferente, condicionada al cumplimiento de esa promesa.
  • No tenemos la capacidad o los recursos para ejecutarla.
  • Nuestros sentimientos hacia quien recibió nuestra promesa cambiaron.

Estos y muchos más, son motivos más que suficientes para que una promesa resulte rota. Evidentemente no se justifica con ello los daños directos o colaterales que podamos estar generando. Pero a fin de cuentas, nuestras acciones deben estar alineadas a lo que queremos en nuestras vidas.

Ciertamente hay un tema de compromiso y responsabilidad en cada promesa. Y si es cierto que todo lo que hagamos debe estar en armonía con lo que queremos, también es cierto que debemos reconciliarnos con nuestras responsabilidades y aprender a cumplirlas con la mejor actitud posible. Porque ellas van más allá de promesas. Y aun cuando todo lo que decidamos hacer es opcional, en el fondo sabemos que hay cosas que no podemos obviar, dejar inconclusas o abandonar, porque sentimos que no es lo nuestro.

La palabra es importante

Acostúmbrate a verbalizar cada cosa que necesites dejar en claro o manifestar, pero no te dejes llevar por el impulso del momento y evita las promesas, aun cuando sientas que no hay manera de no cumplirla.

Permítete exteriorizar tus sentimientos, tus proyectos, tus intenciones, sin predisposiciones, pero consciente de que los cambios son constantes y antes de desilusionar a través de promesas que no podemos llegar a cumplir. Es preferible sorprender con acciones que a fin de cuentas crearán una imagen más sólida y ofrecerán resultados más prácticos que los que ofrecen las palabras.

Procura siempre ser coherente con lo que dices y haces y sentirás tranquilidad y satisfacción y quienes te rodean sabrán qué esperar de ti, con los mínimos riesgos de decepcionarse o tener una falsa expectativa. Cuidemos nuestra imagen, lo que proyectamos y lo que ofrecemos al mundo, porque de alguna manera siempre terminamos recibiendo algo de lo que somos y lo que damos al resto.

Por: Sara Espejo – Reencontrate.gurú


Sara Espejo

Buscando diariamente las maneras de inspirar tu vida.

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