Puede resultar más sencillo para muchos observar la vida ajena, cuestionarla, guiarla, dirigirla, ayudarla o juzgarla, antes de hacerlo con la propia vida. Inclusive muchos dedican más tiempo a la vida de otros que a la propia.

Nos encontramos a diario con cualquier cantidad de gurús, de terapistas de vocación, de jueces que no necesitan del estrado y pintores que no escogen como lienzo su vida, sino la de los demás. Muchas veces la intervención de otra persona puede resultar beneficiosa, puede darnos alguna buena idea, puede colaborarnos con algún tipo de logística o insumos, puede hacernos abrir los ojos ante alguna situación a la cual estamos ciegos y ello merece un reconocimiento y un agradecimiento.

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Pero lo cierto es que por más buena intención que tenga una intervención, no deja de intentar cambiar nuestra realidad o controlar alguna situación que nos pertenece. Las ayudas siempre deben ser bien recibidas, pero debemos establecer límites que nos permitan vivir lo que responsablemente debemos vivir, que nos permitan aprender a solucionar aquello que llamamos problema, a responder ante la vida con nuestras capacidades y con nuestros recursos, sin depender o estar en la vista de los demás.

Aprendamos a acotar la participación de otros en nuestra vida, a tomar las decisiones por nosotros mismos, a permitir la entrada de manera controlada a quienes nos quieran ayudar y aprender a ignorar a aquellas opiniones y juicios que nos perjudican, que nos limitan o están en contra de lo que queremos conseguir en nuestra vida.

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Si bien es cierto que puede resultar más sencillo opinar, proponer claros escenarios de resolución de conflictos, ser objetivos, cuando vemos las cosas desde un palco, que es como vemos la vida de los demás, también es cierto que no todo el que cree estar colaborándonos, no necesariamente llega a cumplir con su objetivo. Está opinando desde su realidad, desde su perspectiva, de lo que para esa persona es adecuadomuchas veces cuando inclusive le resulta imposible adaptarlo en su propia vida.

No está mal pedir una opinión de vez en cuando, pero dejar que otros decidan por nosotros es una gran limitación y la manera más sencilla de frustrar nuestra vida. Debemos ser capaces de cotejar, de ponderar, de valorar y de decidir lo que queremos en nuestra vida, ideando las acciones que se adapten a lo que necesitamos.

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Démosle a cada quien la oportunidad de tener alcance en su propia vida, no les quitemos tanto tiempo y no le robemos la atención a ver si pueden dedicar más energías en solventar sus propios asuntos. La vida es única y maravillosa, así que afrontémosla sin intermediarios.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet