Los trastornos de ansiedad tienen muchas caras, están las fobias, los ataques de pánico, la ansiedad generalizada, ansiedad por separación, etc. En esta oportunidad queremos darte un ejemplo de lo que puede vivir una persona que padece de ataques de pánico en un día normal.

Quien padece trastornos de ansiedad está sin duda sometido a un estrés emocional intenso, pero también quienes acompañan a estas personas pueden sentir los efectos de estos cuadros, sintiéndose afectados por las actitudes de quienes lo padecen o por la impotencia de sentir que no hay mucho que puedan hacer para mejorar la situación. Sin embargo, ya con el hecho de entender y estar con quien se encuentra en condición de crisis puede resultar de gran ayuda.

Una persona que padece de ansiedad, específicamente de ataques de pánico, puede no tener días parecidos, y antes de continuar con nuestro ejemplo, quisiéramos resaltar, que alguien que sufre de trastornos de ansiedad en algún momento de su vida, no necesariamente lo hará por el resto de su vida. La ansiedad en ningún caso viene a quedarse para siempre, sino para realizar una “sutil” invitación a generar cambios importantes en la vida de quien recibe su visita.

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Quien padece de ataques de pánico, luego de haber pasado quizás una noche con sueño interrumpido, tal vez, sin haber podido dormir en lo absoluto, abre sus ojos con la finalidad de iniciar una nueva jornada, aparta de sí los vestigios de sueño y su mente se invade con prontitud de pensamientos que comienzan a acelerar sus latidos, sus manos comienzan a sudar, una parte de su mente se resiste y piensa “no, no puedo tener otro día así, ahí viene otra vez otra crisis”.

A medida que transcurre esa guerra interna, los síntomas del ataque de pánico se hacen cada vez más latentes, quienes se están tratando con fármacos, quizás se tomen su primera dosis de aquello que promete alejar esos síntomas de su ser y sí, no solo los síntomas callan, sino sus palabras, sus reacciones, hasta su mirada ahora duerme, pero piensan que perderse un tanto a sí mismos, mientras pierden esa latente amenaza es un precio que hay que pagar.

Quienes le están dado poder a su cuerpo de expresarse, de esa manera tan particular, pueden tener muchos altibajos o pueden estar aplicando muchas técnicas, quizás recurran a técnicas de relajación a través de la respiración, se coloquen sus audífonos con meditaciones guiadas o afirmaciones positivas, hagan alguna oración a su ser supremo de confianza, llamen de emergencia a alguien que los pueda auxiliar o en el mejor de los casos traten de pasar por alto los síntomas y seguir adelante con su jornada.

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En relación a la comida, se encuentran los dos extremos, los que encuentran en ella un aliciente y los que hasta comer les produce temor o incomodidad, la mente se pone tan creativa que muchos llegan a pensar que en los estados tan alterados en los que se encuentran el solo comer puede dar paso a un letal acv.

Quienes han podido continuar con sus vidas sin mayores variaciones en cuanto a sus rutinas, quizás se dirijan a sus lugares de trabajo, algunos ya habrán decidido dejar de manejar por temor a presentar un ataque de pánico en el camino y generar un accidente, otros no toleran el hecho de encontrar tráfico porque les da la sensación de que nadie podrá auxiliarles en caso de que lo necesitasen.

Llegan a sus sitios de trabajo y con suerte se distraerán lo suficiente como para no pensar en ningún ataque de pánico potencial… Pero ante cualquier pequeño estímulo estarán alerta a los cambios de su cuerpo, a todo aquello que produce la adrenalina circulando por sus cuerpos, sentirán ganas de correr, de esconderse, se sentirán avergonzados o con mucho miedo de hacer el ridículo.

Ya en este ejemplo, la persona sabe que no morirá de un ataque de pánico, es más, sabe que se trata solo de eso, porque ya acudió no una, sino varias veces a varios especialistas para que chequearan su salud, incrédulos ante los resultados, aun con todas las pruebas de exámenes de todo tipo, desde exámenes de sangre, eco cardíaco, resonancia magnética, exámenes tiroideos, holters, mapa de tensión, etc, etc, ec.

Sin embargo, lo normal es que ante cada ataque de pánico, lo primero que se le venga a la mente es: “esto va más allá de un ataque de pánico, ahora sí me está pasando algo, creo que me está dando un…” y aquí coloca su palabra preferida para estos casos: infarto, acv, embolia, etc… Quizás con algo ya de manejo de la situación solo lo vea venir, lo reciba y lo deje pasar.

Luego de su jornada con conatos o ataques de pánico, donde los pensamientos siempre los llevan a pensar en lo mismo, donde nada se hace con naturalidad, donde el miedo al miedo es lo presente, llegan a sus casas nuevamente, quizás solos, queriendo estar con alguien que como a niños pequeños los cuiden y les velen su sueños para que nada les pase o quizás acompañados, pero por lo general de personas que no saben cómo apoyar, que comparan la ansiedad con el estrés, que intentan dar palabras de aliento que no llegan a ninguna parte o en el peor caso, que desestiman lo que le ocurre a esa persona y lo hacen sentir peor.

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Finalmente llega la hora de irse a la cama, luego de algún té, un baño tibio o cualquier otra cosa que calme un poco los nervios y ayude a recuperar las fuerzas escondidas en algún lugar inalcanzable, con el temor de cerrar los ojos y quizás no despertar, con el corazón a punto de estallar (no es literal), con un nudo en la garganta y una impotencia enorme por sentir que se está perdiendo la vida…

No es nada fácil vivir un solo día amenazado por este tipo de trastornos, pero solo cuando se escucha a la ansiedad ella desaparece… Y quienes están alrededor no pueden hacer mucho más que cuidar, acompañar y querer, porque la cura solo se encuentra en el interior de cada quien.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet – Perlas para el Alma

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